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Pavo Real. Pushkar. India. 2001.
Resulta difícil comprender India, sin trasladarse, sentirla, vivirla desde su propio lugar, mediante el acercamiento a la charla, a la palabra y a los rituales cotidianos de carácter local. Nuestros ojos occidentales pueden esforzarse y recolectar detalles para comprender la situación; pero la vivencia, nos hace partícipes con ojos que revisten a la comprensión de otros tintes, otras telas.
En este sentido, si se analiza India, en India hay pobreza; pero si uno “vive” India, allí no hay más pobreza, pues simplemente, no se piensa en estos términos. Bienestar no significa superar cierto salario mínimo.
Los contrastes desaparecen bajo el manto de la fe. Aquí la religión lo es todo, y no un mero soporte metafísico. Desde los secretos de la naturaleza hasta los preceptos morales de la vida cotidiana, están bañados por aguas sagradas.
La historia es conocida, tres entidades supra-naturales conforman el ciclo de la existencia; Brahma, el creador; Vishnu, el preservador y Shiva, el destructor. En oriente, la destrucción concuerda con un reordenamiento de los elementos para generar un cambio. De aquella poderosa trilogía surgen los innumerables eslabones de una inagotable cadena de reencarnaciones, manifestaciones y vehiculizaciones divinas, que no sólo alimenta de imágenes al vasto panteón, sino que confunde incluso al más devoto.

Los paisajes, las ciudades, los pueblos; cada calle, cada ventana… y por qué no decirlo; cada rostro; los vapores del té con leche, los animales sueltos en la calle, el rechinar de los pedales; el paseo eterno de los bultos sobre la cabeza y el grito permanente de la oferta entre los pasillos de un laberinto urbano, que se hincha de sonidos con los primeros rayos del sol y que al caer la tarde parece desplomarse junto a los rumores del mercado…

Estas imágenes, estos sonidos, constituyen un esbozo de este país aparte, de esta fauna, de esta tierra singular. Sin duda, un retrato distinto de nuestro mundo…

Mujer hindú e hijo. Dhulikhel. Nepal. 2001
El ciclo se vive diariamente, la religión hindú reconoce entonces un karma, un karma que viene con nosotros y no cambia.
La de los hindúes no es una religión imperial, sin embargo, sus vedas -versos con los que está escrito el libro sagrado- dominan todas las almas. Tampoco es una religión mercantil, mas, es capaz de llevar la tradición a la vitrina; constituyendo en algunas ciudades el negocio más rentable.
¿Qué hace que una religión perdure tan cercana a la vivencia diaria, a estos cuerpos y aestos pensamientos, por tanto tiempo y de una manera tan arraigada? ¿Cómo sobrevive una cultura, en apariencia, colmada de contradicciones? Por supuesto, no sabríamos contestar dicha pregunta, tal vez nos resulte suficiente retratar la vivencia, árida y sembrada de encantos, vestida con los más vivos colores; este mundo de contrastes y de la palabra mágica: “Om Brhamay Namo Shivay”
Ganges. Varanasi. India. 2001
Mujer y niños rumbo a la escuela. Parque Nacional. Bardiya. Nepal. 2001
Monjes krishna. Dhulikhel. Nepal. 2001
Mujer. Pushkar. India. 2001
Niña. भक्तपुर Bhaktapur. Templo. Nepal. 2001
Saris. Ganges. Varanasi. India. 2001
Holi. Festival de Color. Pushkar. India. 2001
Sadhu.Temlo Udaipur. India. 2001.
Sadhu. Shivaratri. Templo Pashupatinath पशुपतिनाथको मन्दिर. Nepal. 2001.
¿Quiénes son estos extraños del pelo largo, que decoran su frente de colores o ceniza? Parecen personajes de un cuento de hadas… Muchos somos los que caemos a sus pies, encantados ante su presencia.
Un Sadhu es un individuo en búsqueda espiritual. También han sido definidos como eremitas o ascetas que buscan liberarse de las ataduras terrenales del karma, a través de la meditación y el yoga. Más que un rol social- aunque no dejen de tenerlo- comprende una actitud de vida, una forma de ver el mundo desde una existencia más simple y sencilla; y por ende, más pura.
¿Cuál es el papel de la religión en todo esto? La fe constituye el libro de cabecera; son los dioses y sus ritos la enciclopedia de una filosofía que se edita a diario; desde la quietud de un monte, la privacidad de una cueva o el ghat más agitado.
Nómades en esencia, pues creen que el movimiento mantiene el cuerpo en alerta. Gurús, algunos,  cuentan con miles de seguidores y el respeto de sus familias; otros transitan por esta vida  en solitario, de modo austero, bajo el manto de la marginalidad…
Sadhus. Shivaratri. Templo Pashupatinath पशुपतिनाथको मन्दिर. Nepal. 2001.
Shivaratri, literalmente: la noche de Shiva, es una importante celebración hindú que se celebra entre los meses de Febrero y Marzo, en el que las mujeres casadas rezan para que sus hijos y maridos tengan buena suerte; y las solteras para obtener un esposo como el dios Shiva, considerado el marido perfecto. Según la leyenda, Parvati -consorte de Shiva- oró para que nada le pasara a su marido en la noche sin luna.
El día previo a la celebración, los fieles realizan un ayuno y durante la noche permanecen en vigilia, cantando, orando, meditando o practicando yoga. Millones de peregrinos, acuden al  templo de Pasupatinath, en Nepal -donde Shiva es adorado bajo el nombre de Pashupati, maestro de todas la criaturas en el planeta- para depositar sus ofrendas y rendirle culto al dios de la destrucción.
Sadhu. Templo Pashupatinath पशुपतिनाथको मन्दिर. Nepal. 2001.
También denominados “Babas” o amigos espirituales, hombres sagrados que han hecho abandono de este mundo materialista que nos ciega con su amplia oferta; tomando un camino de sacrificio y castidad, siguiendo una llamada de búsqueda interna; o se han cruzado con ella como fórmula de escape a un matrimonio sin amor, convenido por los padres…
El pueblo los atesora, se deshace en halagos. Semejante reconocimiento se torna a menudo un codiciado status social, del cual algunos, no hacen otra cosa que sacar provecho personal. Tampoco falta el prejuicio. Pero, quién puede juzgar al que se viste de Sadhu y se va de ronda al mercado a competir con el lustrabotas o el mendigo, repartiendo bendiciones a cambio de monedas. Quién es más farsante, quién puede hablar con más soltura de haber perdido el longhi o respeto.
Bien ya lo descrive el Vedanta, en una de sus Upanishads -meditaciones místico-filosóficas acerca del significado y naturaleza del universo-: "La aguda senda de una navaja es difícil de transitar. Por eso el sabio afirma, el camino hacia la salvación es duro" (Katha Upanishad)
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